29 Mayo 2007
28 Mayo 2007
27 Mayo 2007
Hay palabras punzantes, como cerraduras sin llave, infinitas, inpronunciables. Palabras como agua, que entran, llenan y rebalsan. Las palabras le salvaron la vida a Sherezade y hay a quines nos la devuelven a cada instante. Para Paul Auster también son una forma de salvación, sus textos demuestran cómo le dominaban, cómo eran ellas las que le hacía navegar la sangre, golpear el pecho, atrapar el aire.
"Cada palabra es otro lugar,
algo que se mueve más rápido que el ojo,
No creo, por tanto, en nada
de lo que estas palabras puedan darte
aunque pueda sentirlas hablar
a través de mi
como si todo cuanto deseo es esto
este azul y este verde y decir como este azul
se ha convertido para mí en la escencia de este verde,
y más que la pureza de su visión, quiero que sientas esta palabra que ha vivido en mi interior todo el día,
este deseo de nada
como si no pudiera haber otra palabra
que pudiera abarcarme sin romperme".
"Tanto silencio resucitado
en esta pensativa carne
en este percutiente
tambor interior de palabras
tantas palabras
perdidas en el ancho mundo
de mi interior, y por ello
haber sabido
que a pesar mí mismo
estoy aquí
como si esto fuera el mundo"
Es verdad que estamos hechos de palabras, y así nos deconstruimos y construimos.
Estos versos son extractos de "Pista de despegue", una colección de poemas y ensayos de Auster publicado por Anagrama.
22 Mayo 2007
"Escuchad las palabras de San Pablo: mortales, fornicad, joded sin pena que la salud si esto nunca es buena, joded por la mañana y por la tarde, y de solo joder haced alarde".
Este es un trocito del "Sermón" un poema que escribió la poeta guatemalteca María Josefa García Granados, Pepita. Se lo dedicó a un cura, lo publicó en papeles sueltos que se esparcían como pólvora por las empedradas calles de la Guatemala de principios del siglo XIX.
En ese tiempo dios era más intolerante que nunca. Las mujeres salían de casa para ir a misa, con la mantilla cubriendo el cabello, de riguroso negro y con la falda hasta el tobillo. No hablaban de sexo, desde luego, se ruborizaban con solo oir la palabra. ("Los siglos de colonialismo español, que no en balde tan hecho un cobarde" canta Silvio). Por eso resulta tan sorprendente la existencia de Pepita, una mujer que se reía de todo, que consiguió hacer saltar las venas de la frente de más de un politíco y religioso. Que se burlaba, que ironizaba, que consiguió como nadie joder con la palabra.
Cuestionaba a todos, los congresistas le tenían pánico. Les lanzaba mierda verbalmente pero también llego a hacerlo literalmente y desde una ventana. La policía le quiso apresar y con la astucia más apasionante se escapó por la venta y corrió de tejado en tejado. Se les fue, se escabullía como humo. Pero lo que también se evapora es su recuerdo, en Guatemala sus libros son incosegibles. Admiro la habilidad de su palabra, no solo a lo que literariamente se refiere, si no a la audacía de tener la palabra precisa en el momento preciso, la de combatir con letras...
En este enlace esta un reportaje que escribí sobre ella. Si les gustó el pedacito de poema, pueden leerlo entero
aquí
21 Mayo 2007
Conocí a Antonio Lobo Antunes gracias a un librito de cuentos que me regaló Luis, mi editor. La lectura se va como arena en las manos. Tiene un profundo sentido del humor, una narrativa ágil y desenfadada que se agradece, pero que a la vez está llena de reflexiones escondidas entre una aparante liviandad. Lobo Antunes es uno de esos escritores de los que uno puede llegar a sentirse muy cerca. Yo me sentí muy muy cerca con este texto. Pensé que en verdad soy solo estas manos -estos dedos que caen como tormenta en un árdio teclado- intentando impedir el silenco...
...el silencio que carcome, que es una polilla que va devorando todo por dentro, tan invisible, va socavando los cimientos, hasta que todo cae, se vuelve aserrín en el suelo.
"Hay momentos en que el silencio es tan insoportablemente ruidoso que no soy capaz de hacer otra cosa que acostarme en la cama, incluso vestido, con zapatos y todo, estirar las mantas hacia arriba, taparme la cabeza con la almohada y apretarme las orejas con las manos hasta dejar de oírlo. Entonces comienzo a darme cuenta del latir de mi sangre en las sienes, bum bum bum, mecánico, pausado, indiferente a mí, da la impresión de que el propio cuerpo no me pertenece, soy sólo estas palmas que intentan impedir el silencio y cerrando los ojos paso a formar parte de la noche".
20 Mayo 2007
Con las manos temblorosas toma el frasco de pastillas, pasa la mano por la nunca y la regresa húmeda. No puede abrirlo, su cuerpo es un péndulo. Decide entonces utilizar la boca. Las mandíbulas sujetan la caprichosa tapadera que se niega a salir. La presión de los dientes la afloja y la lanza directo a su garganta. Las pastillas caen regadas por la alfombra. Se lleva las manos al cuello, al estómago, al cabello. El aire no consigue entrar. Su cuerpo va cediendo. Los ojos se salen de sus órbitas y empiezan a ver arriba, hacia dentro del cráneo, el lugar donde se guardan los recuerdos.
Pasa por su mente la infancia en Mississipi, los constantes problemas de sus padres. La máquina de escribir que le regalaron cuando tuvo difteria. Dos años enteros casi sin moverse de la cama, como ahora, que no podía levantarse de la alfombra. Pero esta vez no tenía una máquina, ni siquiera podía escribir. Las letras se iban desvaneciendo en su mirada turnia.
Así fue la muerte de Tennessee Williams, o más bien es así como la imagino yo. Nadie sabe si la intención de Tennessee era tragarse todas las pastillas que estaban dentro del frasco o no. Unos días antes había dicho "Estoy acorralado contra la pared y lo he estado durante tanto tiempo que la presión de mi espalda sobre ella ha comenzado a descascarar el yeso". De cualquier forma la muerte se le adelantó, lo mató con el plástico absurdo de una tapadera. Le había arrebatado su última decisión.
El miedo y la muerte eran constantes en la obra de Tennesse. Pero la siguiente frase desafía las rutinas del escritor, abre un poco la ventana al lado que él mismo se había negado, la de la vida, al espacio donde es posible evadir al miedo. Una frase hermosa, una invitación a la rebelión contra el miedo, a burlarse de él, a saltarle como la mierda en la calle.
"Él, el demonio, armó barricadas de estaño dorado y púrpura que tenían la etiqueta Miedo (y otros títulos augustos), sobre las cuales ellos, los niños, saltaban ágilmente, siempre lanzando hacia atrás su risa salvaje."
20 Mayo 2007
La primera vez que leí a Bukowski me dio la impresión de que era como un niño malcriado, que lo único que quería era gritarle cacaculomierda a todo el mundo, para después sonreirle a la madre en señal desafiante. Eres un chico malo, y eso a mi qué. No lo odié ni lo amé.
Pero tuve la suerte de toparme con "Lo más difícil es atravesar el fuego", un volumen de poesía que me mostró un lado totalmente distinto del Bukowski viejo indecente. Bukowski se muestra sin trampas, sin miedos, o quizá con los miedos muy bien expuestos. Poetizar los miedos...
"Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que está ahí dentro.
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres joder
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?
hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.
luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro.
19 Mayo 2007
En una de esas noches de insomnio que tan frecuentemente me visitan, navegaba en internet sin rumbo fijo. El caso es que escribí mi propio nombre en el buscador. En dos segundos tenía ya más de mil coincidencias, más de mil Martas Sandoval por descubrir: una médico, una soprano, una artesana, una deportista y una diputada colombiana. Pero entre todas y casi en la última página me topé con dos que merecieron mi atención.
La primera vive en España, pero es brasileña, su profesión es adivinar la vida de los cibernautas. Envía por email un completo informe sobre el destino y lo único que uno tiene que hacer es decirle su fecha de nacimiento y su número de tarjeta de crédito. Con ella me sentí identificada, de alguna manera las dos trabajamos con palabras. Eso de poder escogerlas a su antojo, de ser ella quien domine a las letras y no las letras a ella (como me pasa a mi), debe ser maravilloso. De niña leí un cuento donde una mujer vendía palabras a los habitantes en un pueblo. Cada uno le daba un centavo y a cambio recibía una palabra única y especial. Después de eso siempre que me preguntaban qué quería ser de mayor decía que vendedora de palabras, en cierta forma lo logré.
La segunda Marta es una madre de 65 años que perdió a su hijo en un enfrentamiento en El Salvador. Dice que quiere saber dónde lo enterraron.
Decidí enviar un correo electrónico a ambas, me presentaba como una mujer que comparte su nombre y que desea saber si hay algo más en común. Pedía una foto y contaba dos o tres detalles de mi vida.
Marta salvadoreña contestó tres horas más tarde. En pocas palabras me dijo que dejara de joder, que los nombres no son exclusivos y que no la haga perder su tiempo. Marta brasileña contestó tres días más tarde con una extensa carta, como buena vendedora de palabras.
“Quienes comparten el nombre, comparten más. Nada es casualidad en esta tierra, todo viene de un orden establecido y probablemente tengamos misiones parecidas”. Después me decía que quería enviarme mi futuro, que ella quería hacerlo gratis porque se sentía muy cerca de mí, pero que no podía. Regalar su destino es algo que los dioses castigan, me dijo. La pitonisa me creyó ilusa y yo pensé que no podía esperar menos de una mujer que manda una carta con la genialidad de llamarse igual.
A Marta astróloga le dije que no quería saber mi futuro, que me gustaban las sorpresas y ella contestó que lo comprendía. “Talvez llevemos vidas paralelas y mi futuro sea igual al tuyo, pero en diferente espacio”. No volví a escribirle. Con Marta salvadoreña me disculpé. Nunca fue mi intención joderle más la vida y le deseé suerte con su lucha.
Me quedé pensando en todo, en cómo las palabras pueden tener distintos significados, quizá Marta Sandoval también signifique charlatana o luchadora. Pero sobre todo se me quedaron dando vueltas en la mente unas frases escondidas que escribió Marta astróloga: “Al final de nada sirve un nombre, tu muy bien sabes que ni siquiera eso es tuyo, que lo inventaste como inventas todo, la vida, por ejemplo. Ni tu ni yo somos Marta Sandoval, pero nos resulta muy cómodo escondernos detrás. No hacerlo significa asumir quiénes somos en realidad, de dónde venimos o que llevamos de carga”. Sigo pensando en cómo descubrió mi secreto.
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