La astróloga que perdió un hijo en la guerra
En una de esas noches de insomnio que tan frecuentemente me visitan, navegaba en internet sin rumbo fijo. El caso es que escribí mi propio nombre en el buscador. En dos segundos tenía ya más de mil coincidencias, más de mil Martas Sandoval por descubrir: una médico, una soprano, una artesana, una deportista y una diputada colombiana. Pero entre todas y casi en la última página me topé con dos que merecieron mi atención.
La primera vive en España, pero es brasileña, su profesión es adivinar la vida de los cibernautas. Envía por email un completo informe sobre el destino y lo único que uno tiene que hacer es decirle su fecha de nacimiento y su número de tarjeta de crédito. Con ella me sentí identificada, de alguna manera las dos trabajamos con palabras. Eso de poder escogerlas a su antojo, de ser ella quien domine a las letras y no las letras a ella (como me pasa a mi), debe ser maravilloso. De niña leí un cuento donde una mujer vendía palabras a los habitantes en un pueblo. Cada uno le daba un centavo y a cambio recibía una palabra única y especial. Después de eso siempre que me preguntaban qué quería ser de mayor decía que vendedora de palabras, en cierta forma lo logré.
La segunda Marta es una madre de 65 años que perdió a su hijo en un enfrentamiento en El Salvador. Dice que quiere saber dónde lo enterraron.
Decidí enviar un correo electrónico a ambas, me presentaba como una mujer que comparte su nombre y que desea saber si hay algo más en común. Pedía una foto y contaba dos o tres detalles de mi vida.
Marta salvadoreña contestó tres horas más tarde. En pocas palabras me dijo que dejara de joder, que los nombres no son exclusivos y que no la haga perder su tiempo. Marta brasileña contestó tres días más tarde con una extensa carta, como buena vendedora de palabras.
“Quienes comparten el nombre, comparten más. Nada es casualidad en esta tierra, todo viene de un orden establecido y probablemente tengamos misiones parecidas”. Después me decía que quería enviarme mi futuro, que ella quería hacerlo gratis porque se sentía muy cerca de mí, pero que no podía. Regalar su destino es algo que los dioses castigan, me dijo. La pitonisa me creyó ilusa y yo pensé que no podía esperar menos de una mujer que manda una carta con la genialidad de llamarse igual.
A Marta astróloga le dije que no quería saber mi futuro, que me gustaban las sorpresas y ella contestó que lo comprendía. “Talvez llevemos vidas paralelas y mi futuro sea igual al tuyo, pero en diferente espacio”. No volví a escribirle. Con Marta salvadoreña me disculpé. Nunca fue mi intención joderle más la vida y le deseé suerte con su lucha.
Me quedé pensando en todo, en cómo las palabras pueden tener distintos significados, quizá Marta Sandoval también signifique charlatana o luchadora. Pero sobre todo se me quedaron dando vueltas en la mente unas frases escondidas que escribió Marta astróloga: “Al final de nada sirve un nombre, tu muy bien sabes que ni siquiera eso es tuyo, que lo inventaste como inventas todo, la vida, por ejemplo. Ni tu ni yo somos Marta Sandoval, pero nos resulta muy cómodo escondernos detrás. No hacerlo significa asumir quiénes somos en realidad, de dónde venimos o que llevamos de carga”. Sigo pensando en cómo descubrió mi secreto.

Enrique n. dijo
Al fin, ellos no compartían ni patria ni nombre ni sexo. Pero desde jóvenes, casi niños, habían disfrutado de los libros. Él quizá no tanto del romántico recuerdo de su textura ni del polvo acumulado sobre la celulosa, tampoco le impresionaban los distintos modos de imprimir las mismas letras.
Ella quizá no tanto aquellas palabras ásperas de los ensayos densos. Probablemente imaginaba desde niña que había más revolución en el cuento de Andersen de la niña que vendía fósforos que en todos los volúmenes de Marx.
Y sin embargo, existía aquella forma extraña de ser echarse de menos, las palabras o frases o intejecciones tan ajadas de recordarlas, las cartas tan esporádicas que no les alimentaban pero les mantenían vivos.
Y ese gusto por las citas tan desaforado tan no sé tan minucioso que necesitaría las palabras de otro para expresarlo.
Y no se sabe muy bien tampoco la razón pero al fin y al cabo se querían y tal vez por eso eran amigos.
22 Mayo 2007 | 05:12 AM