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La Coctelera

Esto no lo dije yo...

...pero es mío.

19 Mayo 2007

La astróloga que perdió un hijo en la guerra

En una de esas noches de insomnio que tan frecuentemente me visitan, navegaba en internet sin rumbo fijo. El caso es que escribí mi propio nombre en el buscador. En dos segundos tenía ya más de mil coincidencias, más de mil Martas Sandoval por descubrir: una médico, una soprano, una artesana, una deportista y una diputada colombiana. Pero entre todas y casi en la última página me topé con dos que merecieron mi atención.

La primera vive en España, pero es brasileña, su profesión es adivinar la vida de los cibernautas. Envía por email un completo informe sobre el destino y lo único que uno tiene que hacer es decirle su fecha de nacimiento y su número de tarjeta de crédito. Con ella me sentí identificada, de alguna manera las dos trabajamos con palabras. Eso de poder escogerlas a su antojo, de ser ella quien domine a las letras y no las letras a ella (como me pasa a mi), debe ser maravilloso. De niña leí un cuento donde una mujer vendía palabras a los habitantes en un pueblo. Cada uno le daba un centavo y a cambio recibía una palabra única y especial. Después de eso siempre que me preguntaban qué quería ser de mayor decía que vendedora de palabras, en cierta forma lo logré.

La segunda Marta es una madre de 65 años que perdió a su hijo en un enfrentamiento en El Salvador. Dice que quiere saber dónde lo enterraron.
Decidí enviar un correo electrónico a ambas, me presentaba como una mujer que comparte su nombre y que desea saber si hay algo más en común. Pedía una foto y contaba dos o tres detalles de mi vida.

Marta salvadoreña contestó tres horas más tarde. En pocas palabras me dijo que dejara de joder, que los nombres no son exclusivos y que no la haga perder su tiempo. Marta brasileña contestó tres días más tarde con una extensa carta, como buena vendedora de palabras.

“Quienes comparten el nombre, comparten más. Nada es casualidad en esta tierra, todo viene de un orden establecido y probablemente tengamos misiones parecidas”. Después me decía que quería enviarme mi futuro, que ella quería hacerlo gratis porque se sentía muy cerca de mí, pero que no podía. Regalar su destino es algo que los dioses castigan, me dijo. La pitonisa me creyó ilusa y yo pensé que no podía esperar menos de una mujer que manda una carta con la genialidad de llamarse igual.

A Marta astróloga le dije que no quería saber mi futuro, que me gustaban las sorpresas y ella contestó que lo comprendía. “Talvez llevemos vidas paralelas y mi futuro sea igual al tuyo, pero en diferente espacio”. No volví a escribirle. Con Marta salvadoreña me disculpé. Nunca fue mi intención joderle más la vida y le deseé suerte con su lucha.

Me quedé pensando en todo, en cómo las palabras pueden tener distintos significados, quizá Marta Sandoval también signifique charlatana o luchadora. Pero sobre todo se me quedaron dando vueltas en la mente unas frases escondidas que escribió Marta astróloga: “Al final de nada sirve un nombre, tu muy bien sabes que ni siquiera eso es tuyo, que lo inventaste como inventas todo, la vida, por ejemplo. Ni tu ni yo somos Marta Sandoval, pero nos resulta muy cómodo escondernos detrás. No hacerlo significa asumir quiénes somos en realidad, de dónde venimos o que llevamos de carga”. Sigo pensando en cómo descubrió mi secreto.

servido por Marta 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Enrique n.

Enrique n. dijo

Al fin, ellos no compartían ni patria ni nombre ni sexo. Pero desde jóvenes, casi niños, habían disfrutado de los libros. Él quizá no tanto del romántico recuerdo de su textura ni del polvo acumulado sobre la celulosa, tampoco le impresionaban los distintos modos de imprimir las mismas letras.
Ella quizá no tanto aquellas palabras ásperas de los ensayos densos. Probablemente imaginaba desde niña que había más revolución en el cuento de Andersen de la niña que vendía fósforos que en todos los volúmenes de Marx.
Y sin embargo, existía aquella forma extraña de ser echarse de menos, las palabras o frases o intejecciones tan ajadas de recordarlas, las cartas tan esporádicas que no les alimentaban pero les mantenían vivos.
Y ese gusto por las citas tan desaforado tan no sé tan minucioso que necesitaría las palabras de otro para expresarlo.
Y no se sabe muy bien tampoco la razón pero al fin y al cabo se querían y tal vez por eso eran amigos.

22 Mayo 2007 | 05:12 AM

Gloria

Gloria dijo

Soy tan común, tengo un nombre tan poco original que yo no encuentro mil, sino cinco mil de mí mismas en la red. A veces, me da por asumir esta glamorosa identidad o la otra, por unos momentos y luego, regreso corriendo a la propia. No es que sea mejor o peor, es que es mía. Y compartir un nombre no está mal del todo: mi abuela contaba de sus cinco Francisco Hernández, el suegro, el esposo, el hijo, el nieto y el bisnieto, que cada vez que conocía uno nuevo, la esperanza se le renovaba, la ilusión reverdecía, la versión nueva la enmudecía del asombro.

Me encanta encontrarte aquí, nena, creciendo, siempre creciendo. Te quiero mucho.

23 Mayo 2007 | 08:29 AM

Mario Rosales

Mario Rosales dijo

Es quizá el nombre, un escudo como la ropa? Qué pasaría si todos a estas alturas anduviéramos desnudos y no llevaramos puesta ropa, nadie juzgaría si alguien carga o no el último pantalon o la última blusa de moda. La ropa quizá nos etiqueta y nos coloca en tal estrato social o pertenencia a cierto grupo. Es lo mismo con el nombre? Creo que si. Vivimos en una socieda donde el nombre pesa. Tener un apellido "honorable" puede ser la llave de muchas cosas. Gente de "apellido" puede evadir a la justicia, y el poder les llega solo con tener de referencia un nombre. Cre que si. El nombre al fin de cuentas es el escudo en donde nos escondemos. Yo soy fulano.... a mi no me puede hacer esto porque soy mengano.... y muchas veces tenemos hasta herencias malditas solo por un simple nombre o apellido.

24 Mayo 2007 | 10:35 PM

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Un amigo inspeccionaba mis libros cuando se topó con mi colección de cuadernos. Se sentó un momento a leerlos, mientras a mí me sudaban las manos. "Escribes muy bien, no imaginaba que eras tan buena", me dijo. Le respondí con una sonrisita tímida y escondiendo la mirada. No me atreví a decirle que ni una sola de las palabras escritas allí había salido de mi cabeza. Todo era robado y de la manera más vil. Desde Ginsberg hasta la señora de la tienda de la esquina. Pero es que hay frases que son tan nuestras aunque no las hayamos dicho nunca. Por eso cuando leo o esucho algo que me resulta familiar, que de algun modo me llega o me define, me apresuro a copiarlo. Así lleno mi bolso de servilletas, tickets del super, papelitos miserables o volantes escritos por la cara blanca. Después los reúno todos y los guardo en jaulas de papel. Escribirlos y comentarlos en la pantalla es una forma de deconstruirme, porque al final de cuentas todos estamos hechos de palabras.

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